Erguidos sobre sus patas traseras, el suricato otea el horizonte. En pleno desierto de Kalahari, en África, el centinela del desierto vela por sus compañeros. Juguetones, cariñosos, vivaces y traviesos, pos suricatos crían a sus pequeños entre todos y se enfrentan a las serpientes con valentía. Les gusta mucho hacerse carantoñas.
Los ojos
El suricato tienen una vista excelente. Sus ojos son pequeños, pero los círculos que los rodean hacen que parezcan más grandes y les dan un aire feroz que contribuye a intimidar a sus depredadores.
Las orejas
Pequeñas y redondas, sus orejas tienen pliegues en el interior. Cuando el suricato excava la tierra, cierra esos pequeños pliegues para evitar que la arena penetre en sus oídos.
El cuerpo
La silueta esbelta y delgada del suricato le permite deslizarse a través de los estrechos corredores que forman su madriguera.
La cabeza
La cabeza del suricato es pequeña y delicada. Tiene un hocico muy afilado que le permite husmear por el suelo. Con la ayuda de su olfato puede distinguir a los insectos que están escondidos bajo la arena y también reconocer a sus compañeros.
Los dientes
Con la ayuda de sus afiliados dientes, el suricato puede triturar el caparazón de los escorpiones. Sus incisivos son tan lagos que sobresalen cuando cierra la boca.
La cola
El suricato utiliza su flexible y larga cola a modo de trípode para sostenerse erguido sobre sus patas traseras.
El pelaje
El pelaje tupido y espeso del suricato lo protege de las mordeduras de escorpiones y serpientes venenosas. Su color amarillento y las tenues rayas de su lomo hacen que parezca prácticamente invisible sobre la arena del desierto.
Las patas y las garras
Sus cortas patas están dotadas de largas y poderosas garras que le permiten excavar el suelo. Vivaz y ágil, este animalito puede correr a una velocidad increíble.
Su vida - su infancia
Los pequeños requieren refrescarse porque en el desierto hace mucho calor durante el día. Pero, en el frescor de la madriguera, mama suricato ha dado ha luz a cuatro crías. Los pequeños son ciegos y su madre los ayuda a encontrar las mamás para que puedan alimentarse. Durante las cinco primaveras semanas de su vida permanecen bien protegidos bajo tierra. La madriguera esta formada por varias estancias unidas por corredores, igual que una casa. Cada día, su madre sale de caza para buscar comida y deja a los pequeños al cuidado de otros adultos. A su regreso, los amamanta y los lame cuidadosamente.
Deliciosos insectos
El primer mes de vida, los pequeños empiezan a variar su alimentación y ya comen insectos que les traen los adultos. La madre sostiene un insecto en su boca y los jóvenes suricatos se lanzan sobre ella para apoderarse de la presa. De este modo, aprender a reconocer los insectos que, en adelante, deberán cazar por sí solos.
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